sábado, 7 de enero de 2012

EL JARDÍN DE LAS TRES CULTURAS. Parque Juan Carlos I Madrid


Personalmente es mi rincón favorito del parque Juan Carlos I.

Su diseño tiene, a mi juicio, tres puntos fuertes: el carácter simbólico del jardín como remanso de paz en todas las culturas, unido a unas formas modernas pero clásicas a la vez, y una jardinería sumamente acertada tanto en lo sensorial como en lo simbólico.
Su centro lo encontramos en una zona elevada: el Paraíso, marcado por el árbol simbólico por excelencia de las tres culturas,la palmera, y el gran elemento unificador del conjunto: el agua. Desde este centro nos encontramos con la representación simbólica de los cuatro ríos del paraíso citados en el Génesis (libro sagrado para las tres religiones).












































Estos cuatro ríos se unen en una acequia circular (la perfección, Dios o el infinito) que cierra el recinto.


Desde esta zona podemos movernos por los tres jardines..

El cristiano parte de la idea de claustro como lugar de experimentación de lo divino. 
Acaso el menos logrado de los tres, destaca el simbolismo de sus dos pabellones (la fuente y la campana) y el uso de la jardinería que llena de plantas medicinales las esquinas (recordando las boticas de los monasterios), combinándolas con pequeños estanques (en uno de ellos existió en un principio un órgano de agua, actualmente ¿desaparecido?).




En el lado contrario se encuentra el jardín judío (aunque muchas referencias hablan casi más de Babilonia, como su fuente como zigurat o las grandes murallas semiderribadas).



En un diseño basado en la estrella de David la jardinería insiste en el granado y los olivos como árboles simbólicos frente al desierto de pitas.



























El tercero de los jardines, mi favorito, es el islámico.

Organizado en torno a una exquisita fuente rodeado de una sutil estructura de metal calada, juega con el agua haciéndola resbalar por acequias y escaleras hasta hacerla descansar en los aljibes; todo un canto de agua del que ya hemos hablado en otras ocasiones.


Junto al diseño acuático, jardines interiores (verdaderos hortus conclusus rodeados de cipreses podados) dan paso a otros espacios, como las plantaciones de naranjos que nos devuelven a la memoria, el jardín de los cinco sentidos.


















Todo ello custodiado por cuatro torres-alminares, tan simples como deliciosas.


EL PARQUE JUAN CARLOS I. Un nuevo concepto de parque contemporáneo para Madrid


Un parque urbano, junto al metro (línea 5, El Capricho; línea 8, Campo de las Naciones), el Palacio de Congresos y el Aeropuerto, es un antiguo olivar que aún tiene sus recuerdos en el plano. Un espacio rescatado de la especulación en uno de los nuevos barrios representativos de Madrid. Un lugar con galápagos, posibilidad de pesca, alquiler de bicicletas o piraguas, lugar de vuelo de cometas, grandes praderas para tomar el sol, estufa fría, jardines de las tres culturas, o columpios de diseño. Un museo de escultura contemporánea al aire libre. Todo esto y mucho más es el Parque de Juan Carlos I que vamos a visitar en los distintos post.


Comencemos con una pequeña introducción

El parque fue inaugurado en 1992, según proyecto de los arquitectos Emilio Esteras y Luis Esteban. Se aprovechaba así la oportunidad (en la gran parte de los proyectos fallida) de Madrid como capital europea de la cultura que se entrelazaba con la Expo de Sevilla y las Olimpiadas de Barcelona.


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Su diseño, tanto global como de espacios particulares, se organiza en función de los nuevos planteamientos urbanísticos y paisajísticos del momento, siendo, con mucho, el mejor ejemplo madrileño de parque contemporáneo.


Su estructura gira en tono a una gran ría circular que rodea el gran interior. En ella el agua, generada por los propios manantiales de la zona, toma un protagonismo crucial dentro de todo el programa. En unas ocasiones sirve como gran espejo que genera curiosos paisajes invertidos, en otros, las cataratas y escalinatas de agua lo llenan de sonido.

Junto a estos medios el agua volverá a aparecer en un gran lago y numerosos juegos de agua como géiseres, columnas que se alzan más allá de sí mismas por medio del agua, pasarela de agua pulverizada, fuentes  de distribución aleatoria puestas a nivel del suelo en las que es imprescindible jugar e introducirse en ellas, o su exquisita utilización en el llamado jardín de las tres culturas.

 Junto a este elemento, el parque destaca por dos grandes aspectos: su arquitectura interna y sus esculturas. Dentro suyo tanto los puentes como la estufa fría (especie de invernadero), el balcón del río o la plaza central juegan con el metal y el hormigón en bruto para generar imágenes simples pero poderosas, que a veces nos hacen pensar en que estaríamos andando por medio de un cuadro de Chirico y sus mudas, inquietantes arquitecturas.
Atrás quedan las casitas y grutas artificiales de los parques históricos, y el lugar da una imagen de modernidad potente pero sin adornos, pues todos estos elementos, además de sus usos concretos, actúan como hitos verticales en el paisaje, se unen a él sin confundirse, creando una fuerte tensión entre lo natural y artificial que es común en todo el parque.

En cuanto a las esculturas, el catálogo es amplio y, en líneas generales, de alta calidad. La gran mayoría de ellas no son autosuficientes y cambiarían por completo en cualquier otro lugar, pues fueron pensadas con criterios paisajísticos, enmarcándose en los paseos y las vistas.






Pues quizás éste sea uno de sus rasgos fundamentales y más novedosos. En contra de las composiciones en perspectiva lineal herederas del barroco (como podrían ser las del Parque del Retiro), este parque propone una visión mucho más contemporánea, heredera en gran parte del cubismo. El paseante podrá rápidamente advertirlo en cuanto entre en él y las grandes sendas se entrecrucen en su camino. Deberá entonces tomar decisiones, jugar a ver el parque en redondo, siguiendo la ría, tomando alguno de sus caminos principales que le llevarán por él en caminos una y mil veces bifurcados, o siguiendo el sentido que le imponen las esculturas, que siempre le irán remitiendo de una a otra.

Por tanto, no habrá un parque único. Será un lugar subjetivo, cambiante según las estaciones y humor del visitante que podrá elegir entre el calor o la humedad, las amplias plazas o los pequeños, íntimos espacios recogidos en alguno de sus rincones.






Junto a todo esto es sumamente interesante ir dándose cuenta de un aspecto poco tenido en cuenta en la jardinería: las texturas
El parque horizontal juega constantemente con distintas El parque horizontal juega constantemente con distintas formas de enlosados (en colores y tactos), mezclados con la tierra o el césped, que irá marcando una forma diferente de ambiente, desde el totalmente urbanizado de la entrada desde el aparcamiento al completamente natural de los olivares antiguos, readaptados al diseño general, casi un campo en medio de la ciudad.



Sobre esta trama de tactos el parque desarrolla otra en tercera dimensión. Para adaptarse a la topografía de la zona y reutilizar los escombros generados por las propias obras, el parque juega con las cotas, y así nos encontraremos con distintos planos de altura, desde el más bajo del agua, en algunas ocasiones una verdadera trinchera, a las amplias vistas que nos ofrecen los montículos generados por escombros y ahora totalmente cubiertos de césped que nos ofrecen amplísimas visiones en perspectiva.



Como se ve la experiencia del parque es múltiple. En él se puede jugar con cometas, montar en el barco de la ría, pasear, ver arte o naturaleza casi en estado puro con otros lugares arquitectónicos, alquilar una bici o comer o cenar en las zonas más rústicas, en las que se han habilitado mesas de merendero. Hacer esto o visitar el jardín de las tres culturas, su verdadera joya maestra de jardinería.



OTROS ARTÍCULOS SOBRE EL PARQUE JUAN CARLOS I



jueves, 5 de enero de 2012

NOCHE DE REYES (irreverente pero terriblemente verdadero)


    

La pradera de musgo reseco por la calefacción excesiva aún daba de comer (y ya hacía veinte días) a un rebaño de ovejas desparejadas en las que unas medían el doble de las otras, como si aquel belén fuera una prueba más (irrefutable) del terrible futuro que nos traerán los alimentos transgénicos.
         - ¡A la cama, os he dicho!
     Había un río de papel de plata en donde una lavandera intentaba inútilmente remojar su colada de barro descascarillado sobre el papel albal. Y un caminillo de serrín y un puesto de verduras que los niños habían modelado en plastilina con un sentido tan asombroso de las formas que Rogelio, el hámster, en una de sus inexplicables pero frecuentes escapadas nocturnas, había roído los pimientos rojos y un par de lechugas para preocupación de toda la casa que le estuvo observando durante una semana para ver si (palabras textuales del padre) lo cagaba o la expichaba.
         - ¿Estáis sordos o qué? ¡A la cama!
         Al final, afortunadamente, cagó los trozos de plastilina y para evitar males mayores el padre se pasó toda la tarde de Navidad fabricando una alambrada para cercar el puesto y los huertos anejos, dejando aquella parte de la escena con un aire de campo de guerra minado que a los niños les daba un cierto susto, revisando con cuidado el camino antes de atreverse a mover a los reyes camino del Portal.



         - Ya vamos, mamá, espera un momento.
         Pues tenían que planificar el movimiento, y mientras uno rastrillaba con los dedos el serrín, los otros observaban con ojos expertos de delegados de la ONU, cerciorándose de que nada extraño había antes de mover la figuras (los pajes primero, por si acaso, claro) en su último paso, pues
         - Como no os acostéis, esta noche no os traerán nada los Reyes.
         Y ya eran casi las once; una hora peligrosa.

         Aún así no quisieron perder los nervios y revisaron todo con cuidado antes de mover las figuras de los camellos como si fueran caballos de ajedrez y, en un despiste, a punto estuvieron de comerse a un pastor medio dormido que el más pequeño de ellos confundió con un peón.
         - ¿Estás tonto o qué? – le regañaron los otros dos, temerosos de ofender a los Reyes precisamente aquella noche, y colocaron a los camellos rodeando el portal como si en verdad lo estuvieran protegiendo de un peligro.
         - Ya está, mamá – dijeron entonces.
         - Pues a lavarse los dientes y a la cama.
         - A sus órdenes, mi sargento – le contestó el mediano arrepentido casi antes de terminar de decirlo. Mira tú que si los Reyes...
         - ¡A la cama! – intervino el padre mirando con ansia la copita de coñac y los polvorones que los niños habían dejado a sus majestades.
         Y tras pequeños incidentes sin importancia en los turnos del baño la situación terminó por estabilizarse. Los tres niños besaron a sus padres, se despidieron de los Reyes con cierta aprensión y se marcharon a la cama.
         - Por fin – suspiró la madre.
        


         Los padres ya habían colocado los regalos y tomado los polvorones. Habían estado un buen rato pero ya habían apagado las luces dejando el belén suavemente iluminado por la penumbra que entraba por las ventanas.
         - ¿Habrá luna llena?
         - No te preocupes, está nublado.
         Las figuras apenas si tenían sombras y el Caganet obraba con la tranquilidad que le daba la oscuridad en donde todo, quizás por efectos ópticos, parecía estar en una tensa espera.
         - ¿Vamos ya?
         - Espera a la señal.




         En una esquina del belén había un palmeral con su oasis y todo a base de un espejo e hierbas que se cambiaban cuidadosamente cada dos o tres días, antes que se secasen del todo por la fuerza indómita del desierto de la calefacción central. Lo solía hacer el mediado, con un cuidado de jardinero que le había hecho caer en desgracia cuando, embebido en su papel, quiso regar las hierbas con la regadera grande, inundando el desierto y sus aledaños con unas lluvias torrenciales dignas de la gota fría.
         Pero no fue ése el problema, sino la sempiterna falta de previsión de éste país que no aprende de sus errores y sigue construyendo sin control alguno, por pura especulación, quizás, y el padre había colocado una preciosa casa de corcho pintado justo en el medio de la rambla que cambió el camino natural del agua, desviándola sin remedio a la alfombra para desesperación de mamá que puso el grito en el cielo y, en este puro orden: indagó con rapidez, le plantó un azote al mediano y le relevó de su cargo de jardinero, concediéndoselo al más pequeño que, rápidamente, se ocupó del jardín, aprovechando las ventajas de su cargo para enterrar en el serrín a un par de sus soldados favoritos.

         - ¿Y ése ruido?
         - Tranquilo, todavía no, era la cisterna.
         Pues el más pequeño no podía aguantarse las ganas y pese a las terribles advertencias de los más mayores había corrido el peligro de aventurarse hasta el baño, intentando no mirar para donde no debía.
         - ¿Te ha visto?
         - Creo que no.
         - Esperemos – dijo el tercero mientras se enrollaba apresuradamente el turbante.
         Y aún esperaron un tiempo hasta que los pasos cesaron y el goteo de la cisterna dio una sensación de lluvia gallega sobre las losas de piedra.
         - ¿Orvalla?
         - No, gotea
         - Es la cisterna.
         La que el padre llevaba ya tres semanas diciendo que el próximo domingo me pongo y la arreglo en un periquete que nunca llegaba, pues primero el árbol y luego el belén y sus alambradas le habían mantenido ocupado el poco tiempo libre que le dejaba Gran Hermano.
         Y sonó entonces un silbido largo.
         Los tres personajes se quedaron en suspenso, esperando el final de la contraseña que...
         - Falsa alarma, era en la calle – dijo el de las barbas grises.
         Y como para asegurar sus palabras se escucharon las voces turbias de unos adolescentes en botellón itinerante, calle abajo, como si fueran sus vidas.
         Cuando terminaron de pasar con su rastro turbio a alcohol volvió a quedar todo en silencio. El goteo de la cisterna dejaba un gusto de musgo en la garganta y una larga y suave saudade invadió a los tres personajes que siguieron esperando.
         - ¿No tardan demasiado?
         - Sí, quizás les hayan capturado.
         - Tranquilos.
         Pero eso era muy fácil decirlo, y una moto del Tele-Pizza pasó a toda velocidad por una calle cercana, mientras comenzaba a llover muy suavemente, sin demasiado frío.

         En el belén había una fuente que manaba su agua verdadera gracias a un pequeño motor que apagaban por las noches. Había también una serie de bombillas que simulaban hogueras que no ardían e incluso una figura trágica de un leñador que nunca llegaba a cortar el tronco con la sierra empuñada por su brazo articulado que se movía adelante y detrás en una tarea inútil que sobre todo daba pena por su esfuerzo estúpido, como decía siempre el padre con una mirada maliciosa.
         - Pues a mi me gusta – le replicaba la madre.
         - Claro, la compraste tú...
         - Pues mucho mejor que el de los toneles. Que parece que no pudieras olvidarte del vino ni siquiera en el Nacimiento.
         Y una vez dicho esto, los niños rápidamente huían, pues sabían ya de sobra que después de las palabras venía la tormenta que podía durar horas.




         - ¿Sigue lloviendo?
         - Sí, eso parece.
         Y siguieron allí acurrucados bajo las sombras de las palmeras de pega que se abrían hacia el desierto que recogía todas las distintas tipologías de los libros de geología: el arenoso y el pedregoso, hecho éste último con montoncitos de piedras sonrosadas que el verano anterior habían recolectado una mañana de viento excesivo, en Almería.
         - ¡Escucha!
         Y se volvió a oír aquel sonido metálico.
         - Parece un...
         Ciertamente, parecía. Como en las películas, se escuchaba el ruido de un preso en Alcatraz, serrando los barrotes de su celda con una gran lima.
         - ¿Ves como tenía razón? Lo han apresado – dijo uno de ellos, el más joven.
         - Psss, calla – le contestaron los otros dos mientras el Caganet parecía que hubiera cenado judías por todo lo que seguía obrando en un silencio sin pedos pero continuo.


         Lo habían comprando aquella misma Navidad, en la Plaza Mayor. Estuvieron a punto de morir aplastados por la multitud que celebraba las fiestas apiñándose en las mismas calles de la ciudad y comprando mucho.
         - Vamos a Cortilandia.
         - ¡Ni lo sueñes! – le había dicho la madre con el estómago encogido por el recuerdo de aquella película (¿la Gran Familia se llamaba?, quizás) y la escena del abuelo desesperado llamando a Chencho con la misma voz rota con la que, años antes, había prometido muchas cosas encima de un balcón del Ayuntamiento.
         Y se habían ido tras comprar el Caganet, y para que parase de llorar la madre, pero ya en el barrio, accedió a entrar a una tienda de veinte duros (ahora Todo a un Euro; la inflación no existe o, como mucho, el culpable es el pollo) para comprar al mas pequeño una bolsa de indios y vaqueros que, tras el incidente de las inundaciones y cambio en el puesto de jardinero, ahora estaban enterrados entre las piedras del desierto, junto a las palmeras en donde comenzaron su camino los Reyes.
         - ¿Y si nos vamos?
         - Espera, espera un poco – le decía el negro.
         - ¿Y Mel...?
         - Psss. ¡Nada de nombres! M. ha ido a buscarlo.
         Y el ruido metálico volvía de nuevo.

         En la oscuridad y el silencio sonaba excesivo y retumbaba sobre toda la pradera de musgo seco, espantando suavemente a las ovejas que pastaban junto al portal.
         Más allá de ellas estaba el castillo de Herodes y sus fortificaciones de cartón piedra que guardaban dos soldados de armas de alambre que, por efecto de la perspectiva, eran más pequeños que las ovejas y debían protegerse de ellas por unas alambradas que el hijo mayor hizo con el alambre que al padre le sobró. Lo hizo por pura lógica, más que por necesidad, pues parecía improbable que Rogelio, el hámster, tuviera esas apetencias de pacifista militante y quisiera comerse a la tropa del imperio más poderoso del mundo. Por el momento no había dado ninguna prueba de ello, aunque ya se sabe, decía el padre riendo con alguna copilla de más: la Resistencia debe ser clandestina hasta que no lo sea.
         - ¿Qué quiere decir eso, papá?
         - Nada, hijo, tonterías – decía la madre mientras le quitaba la copa de la misma mano con un gesto mudo de protesta.





         - ¿Llora alguien?
         - ¿Qué?
         - No, nada, me parecía que... Mira, por ahí viene.
         Medio empapado por la lluvia tierna.
         - ¿Qué pasa?
         - Nada, todo está bien; sólo tenemos que esperar.
         - ¿Esperar a qué?
         - A la señal.
         Les dijo eso y luego quedó en silencio, escuchando el ruido de metales cortados que rasgaban el aire quieto de la habitación. A lo lejos se oían tenues ronquidos, y más lejos, casi tanto que era una especie de sueño, la lluvia blanda que mojaba los cristales.
         - Me he empapado.
         - Pero a donde fuiste.
         - Psss, calla, que ya empieza.
         Y alguien muy despacio se empezó a incorporar en el teatrillo del belén.
         - Es él – dijo.
         El Caganet que, tripas vacías y enorme satisfacción en el rostro, se subía los pantalones, anudándoselos con una cuerda.
         Luego sonó un silbido largo y uno corto. Uno largo y uno corto, para que todo empezara.

         Y los soldados de plástico, indios y vaqueros, se desenterraron del desierto, renaciendo con virutas de serrín que se adherían a sus nuevas indumentarias de pañuelos de cuadros cubriendo las cabezas y monos de soldados, camuflados.
         Aún bajo la sombra de las palmeras se organizaron y, reptando, se fueron hacia el portal evitando el polvo de los caminos.
         - Ya vienen.
         Con el Caganet a su mando que ya no se recataba de nada y hablaba un catalán espeso en el que apenas si se distinguían cosas. Apenas si la palabra Independencia.
- ¡Liberad a los pueblos oprimidos del yugo de sus conquistadores!
Y detrás suyo el resto de los palestinos con retratos de Arafat colgados como escapularios que se balanceaban sobre el pecho.
- ¡Por los pueblos libres, collons! – gritaba mientras el resto del belén se ponía en movimiento y en el castillo de Herodes había un gran revuelo de dos soldados chiquititos que cambiaban su uniforme por otro judío y sacaban los tanques camuflados bajo las eras.
Los palestinos habían comenzado a hacer explosionar las bombas que habían colocado en los caminos, e incluso uno, disfrazado de pastorcillo, se acercó al castillo y se voló con una bomba adherida a su pecho. Con su vida se fue, también, un lienzo de la muralla para estrépito del salón que empezó a iluminarse con hogueras verdaderas de serrín ardiendo.
- ¡Es la guerra! – gritaron junto al portal.

    Y aquel que llevaba unos toneles en una carretilla los soltó de golpe contra los tanques judíos que avanzaban hacia el niño para repetir, una vez más, la matanza de los inocentes, que unas veces aparece en los evangelios y otras se llama Auschwitz

o el campo de refugiados de Ramala. 
Da lo mismo.
Era igual. Los magos de Oriente procedían de un lugar remoto de las mesetas inhóspitas del Iraq o Irán. En realidad, lo mismo daba. En aquel mismo momento inmensos aviones yanquis que ellos habían confundido con extraños fenómenos celestes comenzaban a bombardear sus palacios bajo la excusa de almacenar armas terribles, como la misma paz, o incluso peores, como era la sabiduría.
- ¡Otra vez la guerra!
O acaso siempre la misma, y las casas que el padre había puesto en el torrente para desesperación de mamá y su alfombra, comenzaba a arder bajo el desastre de las bombas incendiarias que caían de la estrella de Belén convertida en un F-14 de alta tecnología avanzada.
        
En una pura confusión los pastores se despojaron de sus falsos vestidos.
- ¡Por LA VERDAD!
- ¿Qué verdad?
- La nuestra, por supuesto. La ÚNICA VERDAD VERDADERA.
Y unos eran fanáticos muyaidines armados y otros judios de luengas barbas. Eran yankis que buscaban armas prohibidas sin recordar que eran ellos mismos los que las fabricaban; romanos y cartagineses confundidos de guerra que gritaban:
-¿Viva la cuarta Guerra Púnica!
- ¡Viva la Guerra del Peloponeso!
- ¡Viva la Guerra de los Seis Días, de los Ocho, de los Quinientos uno!
O la del Yonkipur o la civil española. La batalla de Inglaterra, las médicas o la particular e intensa del padre de familia que venía a veces borracho y en la intimidad de la habitación conyugal pegaba a su mujer en silencio, con su propia mano en la boca para que no se le escaparan los gritos que le nacían dentro y cortaban con su filo.
Pues da lo mismo. 
Parece Navidad pero en el fondo solo es el Corte Inglés y el resto de las miserias sigue habitando en nosotros mismos…

(Continuará?)

miércoles, 4 de enero de 2012

EL CALL DE GIRONA


Aunque existen referencias desde el siglo IX, el Call (nombre de las juderías en el ámbito catalán) de Girona se empezó a formar a partir del siglo XII, cuando las familias judías que vivían alrededor de la catedral decidieron trasladarse a la calle de La Força para constituirse como comunidad que fue protegida por la corona a cambio de sustanciosos impuestos.













































En su momento de mayor esplendor llegó a cobijar unas 800 personas, creándose un verdadero boom constructivo en el barrio que aprovechaba la bajada hacia el río.





Apareció así este verdadero laberinto de callejuelas estrechas con escalinatas, llenas de adarbes que aumentaban la superficie constructiva (tal y como podemos ver en Toledo) y servían para cerrar el barrio por la noche (¿para defenderse de los cristianos u obligados por ellos?)



























En esta judería floreció el pensamiento mosaico, con figuras relevantes: pensadores como Jacob ben Sehet Gerondi, el poeta Mesula ben Selomo de Piera, y los grandes filósofos Ezra ben Salomo y Azriel de Girona.
Entre ellos destacó Mosse ben Nahman, (Bonastruc ça Porta).Médico, poeta, filosofo, fue rabino de la judería.



























Fue éste el lugar de desarrollo de la Cábala, de la que próximamente hablaremos.





















          TODAS LAS JUDERÍAS ANALIZADAS EN NUESTROS BLOGS

martes, 3 de enero de 2012

PORTADAS DE LA CATEDRAL DE TOLEDO. La Puerta de los Leones

Comenzamos el análisis de las portadas de la Catedral de Toledo (pues como muchos sabréis, en su interior está PROHIBIDÍSIMO hacer fotos pese a estar fuera de horario de misa y pagar la correspondiente entrada), con la puerta más moderna.




Su estilo es hispano flamenco y pertenece a la gran intervención que se realizó en la Catedral bajo la dirección de Hanequin de Bruselas y Egas Cueman, realizándose en la mitad del siglo XV

En ella, junto a la filigrana típica de arcos y tracerías flamígeras se encuentra un notable apostolado (probablemente de Juan Alemán, el artífice del Coro) y una Asunción que, en la actualidad, ha sido sustituida por otra barroca.



OTRAS PORTADAS DE LA CATEDRAL 
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lunes, 2 de enero de 2012

EL MERCADO DEL BORN. Barcelona



Enclavado junto a Santa María del Mar, en el barrio medieval de la Ribera (en su interior se han encontrado interesantes retos arqueológicos) formó parte de la antigua ciudadela borbónica.








El mercado como tal se realiza en 1876 por Fontserè i Mestre que utiliza la
técnica del hierro y el cristal y ciertos toques estéticos modernistas pero también historicistas.





La historia de sus ocupaciones es ajetreada: mercado de barrio, mercado central, sala de exposiciones, proyecto de biblioteca..., estando en la actualidad en una nueva restauración.

















domingo, 1 de enero de 2012

LA NUEVA GALERÍA DE BERLÍN. Mies Van der Rohe


Se trata de la Nueva Galería de Berlín, y en ella se retoma (tras la experiencia norteamericana con sus rascacielos) la  idea de la arquitectura como forma de hacer visible el espacio, aunque tal vez de forma algo tramposa (una especie de posmodernidad dentro de su propia obra?) pero esencial.
En realidad en esta obra tan pura y esencial, casi todo es mentira.

Lo es, en primer lugar, esa sensación de un techo alzado sobre cristales. El engaño es tan sencillo como eficaz: eliminar los pilares de las esquinas (en donde nuestra experiencia los busca para no encontrarnos) para colocarlos en las zonas centrales, dejando un muro continuo revestido de cristales de espejo (como luego realizarán Herzog y de Meuron en el CaixaFórum) que refuerza esta sensación de elevación 

Mirad estas dos fotos y lo entenderéis mejor.
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También lo es la aparente pesada techumbre de acero que vemos desde el exterior, pero que en realidad se encuentra hecha de cajas de acero vacías y soldadas.




Toda una serie de trucos que servía para un único fin: mostrar el espacio en su máxima pureza (¿O tal vez la soberbia de su propio autor, capaz de encontrar en la máxima simplicidad la mayor espectacularidad y el asombro del visitante?)





Pues el edificio no es realmente el que vemos. La gran sala apenas es utilizada y las exposiciones se realizan en una planta baja (subterránea) que mantiene una luminosidad más coherente para la exposición de obras.
Pero aún con todo no se le puede negar a la arquitectura una exquisitez poco usual. A mi particularmente me emocionan las esquinas de pura geometría en donde el espacio interior entra en contacto con el exterior. Sólo por ver una de esas esquinas merece la pena viajar a Berlín y buscar este edificio.