miércoles, 11 de julio de 2018

ÁNIMA MUNDI. LUIS. UNA CHAPA DE ACDC


Luis tardó un buen rato en llegar volver a la plaza.
- Pero ¿qué te ha pasado? – preguntó César que me esperaba nervioso en la plaza.
- Ya te contaré más tarde. ¿Dónde están?
- Dicen que nos esperan en las piedras del fumadero.
- ¿Por qué?
- No sé, me ha dicho Bea…
- ¿Bea?
- Su amiga.
- ¿Y cómo lo sabes?
- Uno que tiene sus contactos, chaval.
(Realmente, a Luis le habría encantado tener un poco de su arrojo y su gracia)
- Venga, te voy contando mientras vamos para allá.
Las piedras del fumadero, entonces, estaban un tanto  retiradas del pueblo.
Ahora diríamos que se trataba de un  berrocal de granito con grandes bloques, como un pequeño castillo. Si se trepaba por ellos, en su interior se descubría una pequeña hoya semicircular que se abría hacia el valle, en aquellos tiempos sin edificación alguna. Desde él, por las noches, se adivinaba hacia el sur  el resplandor difuso de las luces de Madrid.
- Está abajo –dijo Bea al verles
César se fue hacia ella y Luis se quedó solo ante el peligro.
Por un momento pensó en marcharse. Le dolía el pecho y aún andaba con el estómago revuelto, pero en su mano sudorosa llevaba agarrada la chapa de AC DC con el imperdible abierto que se le clavaba en la palma.
César y Bea ya habían desaparecido y Luis sintió sus tripas sonando.
- Mira tu que si…- se dijo.
Estaba sudando y llevaba toda la camiseta mojada por su espalda. Vaya pinta. Para una vez que… Se dio media vuelta, pero antes de dar un paso ya se había arrepentido. ¿Cuándo se iba a fijar en él una chica como esa?
La chapa se clavaba en su palma pero él la apretó aún más. No se lo perdonaría nunca. Si ahora me voy seré el imbécil más grande del mundo, y volvió a girarse y empezó a trepar por las piedras mientras sentía las piernas de goma.
Cuando llegó arriba quiso… Pero ella estaba allí, de espaldas, y el sol relumbraba en su melena rubia.
- No, no puedo ser tan tonto – se dijo, y empezó a bajar hacia ella.
- Hola – gritó.
Ella se volvió y le sonrió.
- Traigo la chapa
Se sentó junto a ella y se la ofreció como si fuera un anillo verdadero.
- Toma.
- Gracias.
- Me llamo Luis.
- Ya lo sé – le respondió con una media sonrisa -. Yo soy Sabrina.
Y quedaron en silencio, sin saber muy bien qué decirse, mirando hacia el horizonte.
- Me gusta mucho este sitio – le dijo al fin ella -. Por la noche, hacia allá, se ven las luces de Madrid.
- Ya lo sé – la respondió.
- ¿Damos un paseo por la urbanización?
- Claro.
Y sin otras palabras más, ese quince de agosto, comenzaron a verse todos los días, quedando a las siete en las piedras del Fumadero.
Luis lo apuntaría un tiempo después en una libreta azul, tamaño cuartilla, pero lo que nunca se atrevió a escribir es que, llegando a casa las tripas se le torcieron con el retortijón más grande de su vida, y tuvo que encerrarse en el baño varios minutos sintiendo que se moría de amor…. Y mierda


                                     Luis. Soldado Desconocido




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