jueves, 12 de febrero de 2015

MIGUEL ÁNGEL. LA PIETÁ RONDANINI


Cuenta la leyenda que Miguel Ángel estuvo trabajando en ella hasta seis días de la muerte, dejándola inacabada.
Dos veces inacabada, pues si os fijáis en su parte izquierda se pueden observar dos brazos distintos, uno más acabado (pero luego abandonado y medio desgajado del grupo principal) y el que se une a la figura de Cristo.

El tema es uno de los habituales del autor: la Piedad. El desgarro de la Madre ante su Hijo muerto. Un tema de origen gótico que Miguel Ángel utiliza para explorar tanto las pasiones humanas como las posibilidades plásticas.

En su primera aparición (Piedad del Vaticano), se utiliza la composición piramidal leonardesca (de ancha base para darle estabilidad física y emocional) y una postura de Cristo en el regazo de la Virgen (en realidad una deformación para crear belleza, como ya explicamos aquí).

Muy pronto el equilibrio irá desapareciendo y Cristo se convierte en un peso muerto que agobia al espectador. Así lo hará en sus piedades de Palestrina o de la Ópera del Duomo, llegando a esta última composición, en donde la Virgen ha de sujetar ella sola todo el peso de Cristo al que las piernas ya se han doblado.
Piedad de la Ópera del Duomo


Un recorrido similar podemos recorrer viendo los paños (desde los pliegues clásicos, verdaderamente romanos, del Vaticano, a otros cada vez más resumidos hasta la desaparición total de esta Pietá, marcada por un total non finito)o las anatomías (desde el clasicismo del Vaticano a una progresiva angustia y retorcimiento -la famosa forma serpentinata- que lo invade todo, deformándose las proporciones entre personajes).


Pero quizás lo más evidente es el cambio de sentimientos, la propia visión de la muerte que evoluciona desde la tristeza contenida (apenas una leve melancolía) del Vaticano hacia la angustia y, definitivamente, la terrible soledad de esas dos figuras que parecer vagar por el mundo sin un lugar en donde poder recogerse.

Y es que todo este recorrido es perfecto para comprender el cambio del clasicismo del Cinquecento al agobio y crisis del Manierismo. Toda una evolución artística que, en el fondo, lo es personal, pues tanto uno como otro estilo son creación casi personales del propio Miguel Ángel.


Así podemos ver al Miguel Ángel neoplatónico en el Vaticano. Un profundo conocedor de la Antigüedad y defensor del antropocentrismo, pues el Hombre (como todavía sucede en el David o en el techo de la Sixtina) es un ser poderoso, capaz de enfrentarse a su destino, lleno de optimismo y fuerza pese a la muerte.

Poco a poco Miguel Ángel cambia esta fe por otra más angustiada (como ya vimos en el Moisés). Un misticismo y angustia personal que le impiden ver la belleza de las formas.


Ya no puede creer en la armonía. El mundo que le rodea (como veíamos aquí) y sus propio interior, se están desgarrando y los sueños dejan de ser posibles. Sólo queda el ansia de crear (siempre insatisfecha), la muerte o un Dios (como el del Juicio Final) cada vez más lejano y vengativo.
Frente a ello el hombre se queda sólo y la utopía del Renacimiento se rompe en mil pedazos.


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