domingo, 12 de febrero de 2012

EL COLOSO DE CONSTANTINO. El fin de la escultura clásica... y quizás algo más


Toda la escultura romana osciló entre el idealismo griego (Ara Pacis, Augusto de la Prima Porta, Adriano...) y el realismo republicano (Trajano, Marco Aurelio, Caracalla...) que, en el fondo reflejaba la dualidad (de las élites) entre el pragmatismo etrusco y el recuerdo de la gran cultura anterior, un equilibrio que (con movimientos) se mantuvo hasta que la crisis del siglo III barrió gran parte de las certezas del Imperio y dejó de creerse en el hombre (tanto a la forma idealizada griega como a la individualista republicana)
A partir de entonces, y ante la profunda crisis de valores que generó la crisis económica (¡aviso a navegantes!), una nueva ideología terminó por llenar los huecos, primero entre ciertos grupos de clases medio-bajas para luego ir escalando hasta el mismísimo emperador. 



Se trataba del cristianismo como respuesta (aplazada, en el otro mundo) de los problemas cotidianos, del cada vez mayor relativismo cultural, de la aplastante sensación (y realidad) de corrupción de la vida terrena que se podía ver en la alta política pero también en cada uno de los actos cotidianos.
Sobre estos cimientos largamente construidos se edifica el Edicto de Milán (aceptación del cristianismo) y posteriormente el de Tesalónica (conversión del cristianismo en la religión oficial del Imperio), ambos firmados por Constantino, una figura histórica a menudo analizada sólo desde la óptica católica que le ha convertido en el gran campeón de la nueva religión (con su asombrosa historia vinculada de su madre, Santa Helena, de la que ya hablamos)
Posiblemente la realidad no fue tan lineal como se ha intentado vender, y el cálculo político tuvo que ver mucho en la adopción del cristianismo, tanto por haberse convertido una parte importante del Imperio en cristiano como un fórmula de reutilizar la nueva organización jerárquica de la religión como forma subsidaria ante la inoperancia de la administración imperial.
Era, además, como antes insinúabamos, una respuesta emocional ante el derrumbe de las certezas (y estructuras) anteriores, un asidero en donde agarrarse ante el desastre de una sociedad opulenta con pies de barro que lentamente los había erosionado con siglos de abusos (económicos, políticos, sociales...).


Un reflejo de esto lo podemos ver en una de las últimas obras del Imperio, el Coloso de Constantino.
Se trataba de una escultura acrolítica (cuerpo de madera chapado en oro y pies manos y cabeza de mármol) de unas dimensiones asombrosas (unos doce metros sentada) que presidía el lugar central de los nuevos foros (el ábside de la basílica de Majencio).
Su tamaño respondía a la repetida necesidad de propaganda imperial que los romanos habían heredado de oriente (desde Egipto a Mesopotamia) que ya analizamos. Pero lo realmente nuevo es su antiantropocentrismo.
Si os fijáis en la cara del emperador, aun quedan rasgos realistas pero se ha perdido por completo el carácter individual del retratado. Ya no es realmente una persona; es un símbolo.


Del retrato psicológico hemos pasado al hieratismo (falta de expresividad), del movimiento al estatismo, de la multiplicidad de puntos de vista a la visión frontal.
De una forma asombrosa se están perdiendo todos los valores clásicos para aproximarnos a los medievales, pues así está sucediendo en la propia sociedad en donde el hombre pierde su poder para dárselo a Dios lejano que se irá convirtiéndose en protagonista.
Por ello se eliminan los rasgos más realistas (o incluso los idealizados) para insistir cada vez más en los simbólicos. 



El mundo material poco a poco se va desvaneciendo para concentrarse en la idea absoluta, y aunque en un primer momento os pueda parecer un desvarío, fijaros por un momento en esta foto y veréis que el camino hacia el Pantocrátor medieval ya se ha iniciado (recuérdese que este pantócrator es la cristianización en formas y significados de la dignidad imperial que se inicia en este Coloso y se elabora posteriormente en Bizancio)



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