martes, 18 de diciembre de 2012

EFEBO DE TRAYES


El arte del helenismo tiene como característica principal su enorme variedad.
Al romperse el monopolio de las grandes escuelas los estilos se multiplican según autores y procedencias, pasando del barroquismo más conocido (Laocoonte, Gigantomaquia, Victoria de Samotracia...) a las terracotas egipcias de temas femeninos (tanagras) o, como en este caso, al neoaticismo o estilo calmado de la famosa Venus de Milo
Esta obra en concreto corresponde al último de los citados, un psedoclasicismo.

Hablamos de pseudo pues, si analizamos la obra con una mínima profundidad, rápidamente nos daremos cuenta de su falsa apariencia de clasicismo.
Lo más fácil es mirar la escultura de arriba a abajo para darnos cuenta del engaño. A la cabeza suavemente caída y el cuerpo en reposo, a toda esta suave calma, algo melancólica, le corresponde... ¡unas piernas excesivamente musculadas, más de un centurión que de un efebo! (el efecto aún es mayor si nos fijamos en el suave modelado de la parte superior, casi praxiteliano, a la dureza de la luz sobre la musculatura de las piernas, que en vez de difuminar, recalca los ángulos)

Un segunda rasgo bien visible es, pese a su tranquilidad en gesto, la profunda inestabilidad que muestra la composición (que incluso necesita un amplio respaldo para sostenerse), una tendencia que comienza en Praxíteles y se sigue desarrollando en Lisipo
Si mezcláramos ambas sensaciones en nuestra cabeza (la dulce sensación de abandono de la cara y la profunda inestabilidad de sus juegos de piernas) empezaríamos a entender este mundo que pretende volver al clasicismo y sólo consigue destapar la terrible turbación que las conquistas de Alejandro crearon en los griegos, de repente expulsados de su paraíso para perderse en la primera gran globalización de la historia.

Aún podríamos hablar de más cosas, como la sensación de profunda abstracción que genera el gran manto (sin apenas pliegues), como un paréntesis anti-antropocéntrico entre cara y piernas y sólo atenuado por el exquisito y sugerente modelado de los brazos bajo él.

Elvira Barba la considera, por el contrario, una obra del siglo III a C., siendo el inicio de una nueva aventura, tras la repetición incesante de modelos antiguos, que nos llevará a la escuela de Pérgamo o Rodas



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