En el Románico el hombre individual, la persona, no existe. En pinturas y esculturas las figuras son símbolos arquetipos, no personas concretas (para ello incluso tiene que recurrir a los símbolos parlantes: objetos que sirven para que reconozcamos a distintos personajes, como las llaves de San Pedro).
Por ello, cuando nos encontramos varias figuras es normal que, como ocurre en los artes arcaicos (Egipto, Mesopotamia...), las figuras se repitan en sus rasgos, como si fueran verdaderos clones, repitiendo postura gestos y rasgos faciales. A eso le llamamos isocefalia.
Campin. Retrato
Por el contrario, en el mundo gótico en donde los burgueses empiezan a romper la sociedad estamental y reivindican algo típico de la modernidad: lo subjetivo, la personalidad.
De ello se deriva una diferenciación cada vez mayor de las figuras y, hacia finales de la Edad Media, en el retrato particular, en donde se intenta representar lo irrepetible de una persona (antes de aparecer este retrato autónomo, lo harán por medio de donantes, rezando junto a imágenes sagradas, y en los sepulcros.








