viernes, 25 de mayo de 2012

KOSUTH. Una y tres sillas. APROXIMÁNDONOS AL ARTE CONCEPTUAL
























Podemos afirmar ya con la perspectiva de los años que los años 60 supusieron el final del proyecto moderno y el inicio (dudoso) del mundo postmoderno, y en este gozne de la historia y el pensamiento, movimientos como el arte minimal, la experimentación post surrelistas de instalaciones, enviroments, o el arte conceptual suppusieron el canto del cisne de la experimentación moderna y, a la vez, la toma de conciencia del arte como discurso autorreferencial, elitista y abierto.
Se acaba entonces la ingenuidad de un mundo mejor y el arte tiende a extenderse fuera de sus marcos naturales a la vez que, como decía Estrella de Diego, cada vez necesita más unas "instrucciones de uso" ante un público cada vez mayor pero más desorientado.
Pero centrémonos en la obra y en lo que es el arte conceptual más riguroso para comenzar a entender algunas cosas.
Como puede verse se trata de tres sillas, o mejor, de tres formas de referirse a la silla: el objeto, la imagen fotográfica y la definición textual. O sea, que al artista le interesa bastante poco la silla (el motivo, en el discurso tradicional). Su objetivo es el análisis de las formas de comunicación: la realidad, la fotográfica o la palabra.(Siempre se ha puesto en relación esta intención de investigación con la influencia de Wittgenstein y sus corolarios: teoría de la comunicación y la cibernética o la monumental obra de Foucault que intenta crear toda una reflexión sobre nuestros modelos de conocimientos, base fundamental de la posmodernidad)
Esto es ya algo típico del mundo conceptual: la autorreferencialidad. Dicho en palabras más sencillas: más que las cosas, le interesa el propio arte o, en este caso concreto, la forma que tenemos los hombres de conocer las cosas. Una actividad rigurosa pero limitada que conducirá al estilo a un camino sin salida "un puro comentario a sí mismo", Combalía)

Por otra parte, en esta obra (como ya ocurría en el arte minimal) el artista ya no hace, sino que piensa. El arte es una cosa mental, había dicho Leonardo. Duchamp había hecho arte tan sólo con su elección: el portabotellas es un objeto no manipulado que se convierte en arte simplemente por la decisión del artista.
Duchamp. Portabotellas


Del artesano hemos pasado al pensador (algo que tiene que ver con las nuevas corrientes idealistas entonces en boga). Ya no existe el mérito del hacer. El artista simplemente ya no representa la realidad, sino que nos la presenta para que nosotros saquemos las consecuencias (una obra abierta donde el espectador es fundamental, como tan bien explicara Umberto Eco, un semiótico precisamente, que se dedicaba a investigar cómo funciona el lenguaje).
De la misma manera de la belleza (o la expresión) pasamos al pensamiento. Una obra como máquina de hacer pensar (Sol Le Witt) que ha renunciado a lo sentimental que podía tener el arte expresionista de un Pollock para enfriarse y convertirse en algo cerebral, más parecido a una conferencia que a una poesía, a un tratado que a una melodía, poniéndose en las antípodas de un Miró, por no ir más lejos.
Son proposiciones en las que se ha eliminado cualquier aspecto sentimental, como ocurre con las del Tractatus de Wittgenstein. (De ella derivará la llamada postmodernidad fría, como el apropiacionismo, o, cargado de una ideología de izquierda, el arte combativo de una Holder, de una Hacke, de los hermanos Chapman o el feminismo de Cindy Shermann o de Kurgger).



 Hacke. La mano invible del mercado
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En cuanto al propio autor perteneció a uno de los movimientos más rigurosos y famosos del arte conceptual: Art-Language, siendo su principal soporte ideológico. Inició su actividad tautológica sobre el lenguaje en 1966.

Un magnífico libro (tan pequeño como interesante) para empezar a comprender el arte conceptual es el Victoria Combalía, La poética de lo neutro. Un verdadero clásico para los que quieran comenzar a comprender.




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