sábado, 2 de marzo de 2019

ÁNIMA MUNDI. CIPRIÁN. Nuestros Cien Años de Soledad

El libro de tu vida es como el primer amor, inolvidable por otros muchos libros que pasen por tus manos, y a menudo sucede que su lectura viene precedida de signos, extrañas advertencias, que te anuncian el paraíso que vas encontrar.
A mí me lo trajo un ángel, mi querido y llorado a Luis. No los trajo a , a Solsona y a Lucas, y convirtió aquel verano en uno de los más maravillosos que haya tenido.

Fue el año en el que terminamos COU, y en gran parte se lo debemos a nuestro profesor de Lengua y literatura, Jose Luis.
Para el último trimestre nos ofreció la posibilidad de subir nota leyendo un libro de la literatura hispanoamericana que no nos daba tiempo a dar en clase.
Lucas eligió a Borges, Solsona se decantó por la política desgarrada de César Vallejo y yo anduve por los desiertos implacables de los habitantes de Comala, buscando a Pedro Páramo.
Luis había elegido Cien Años de Soledad y, durante todo el puente de mayo, no tuvimos noticias suyas.
Cuando regresó de la lectura se le veía distinto, aunque durante días se negó a hablarnos del libro y sólo se atrevió a confesarnos que, pese a las dos lecturas consecutivas, aún estaba comenzándolo a comprender, aunque lo poco que había conseguido entender era tan brutal que no había palabras para descubrirlo.
La cosa quedó ahí, tan ajetreados como estábamos con la maldita selectividad, pero la misma noche que la que celebrábamos que los cuatro que la habíamos aprobado, Luis vino a la cena con tres paquetes iguales: uno para Lucas, otro para Solsona, y otro para mí

Eran 300 años de soledad dedicados que le dieron la vuelta entera a aquel verano, pues nada ya volvería a ser distinto después de haber conocido a los José Arcadios y a los Aurelianos, a Rebeca, a Remedios la bella, al viejo Melquiades o a Mauricio, habitantes de aquel lugar encantado llamado Macondo.

Robando horas al sueño vimos lluvias de pétalos de almendros florecidos y nos quisimos enrolar en algún circo para ver el mundo.
Borrachos de palabras en cada piedra que veíamos era un guijarro de aquellos pulidos por el río cuando las cosas son carecían de nombre y había que señalarlas con las manos.
Y fuimos testigos de guerras civiles sin término y nos empeñamos en engarzar pieza a pieza pececillos de oro como si fuéramos una nueva Penélope, buscando sin éxito un San José de escayola lleno de monedas de oro que tintineaban en nuestros ojos.
Fue todo eso y la enfermedad del olvido transmitida por los animales de caramelo contagiados por el aliento de Rebeca o aquel galeon español varado en medio de la selva.
Tal cumulo de historias como jamas habríamos imaginado en un solo libro que parecía decenas de ellos, uno distinto para cada uno de nosotros
Lucas se quedó para siempre fascinado por el coronel Aureliano y todos los trucos que inventaba para entretener el tiempo y las cosas.
Solsona, sin embargo, fue siempre del bando de Arcadio, el gran fundador de todo un mundo y sus múltiples fantasías.
Reconozco que yo siempre me habría encantado protagonizar el papel de cualquiera de esos dos hermanos de nombres cambiados, mientras que Luis no pudo dejar de sentirse (quien sabe muy bien por qué) el viejo Melquiades, especialmente cuando se colocó al otro lado de la muerte, convertido en un espectro polvoriento que recorría las habitaciones de los descendientes.

En lo que sí nos pusimos de acuerdo y casi sin necesidad de decirlo es que jamás habíamos leído un libro con un principio y un final tan asombrosos y perfectos como los de este libro, y Luis y yo (aunque con motivos distintos) coincidimos en la magia que tenían sus frases, con oraciones que parecían un mar sin fin que se balanceaban suavemente en la cabeza según las íbamos leyendo por la simple presencia de sus adjetivos.
Parecía imposible que un simple hombre pudiera darle esa dimensión al lenguaje, pura poesía apoyada en las cosas cotidianas, música perfecta, según el propio Luis que ideó la peregrina y nunca realizada idea de convertir aquel libro en una sinfonía total, la más perfecta que se hubiera podido componer, pues para él los adjetivos del maestro fueron siempre su particular "descubrimiento del hielo", una metáfora que él nunca quiso explicar, y sólo cuando todo terminara de aquella forma tan terrible, comprenderíamos.

Pues el libro, que entonces nos pareció tan magnífico y perfecto, solo nos empezó a enseñar algunos de sus milagros en aquel verano, y hemos necesitado 32 veranos mas para comprender que es inacabable.
Y ahí estamos todavis




                                               ÁNIMA MUNDI


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