viernes, 9 de diciembre de 2011

LA PLAZA DE JEMMA EL FNA. Marraquesch


Cuando el viajero llega a ella desde la Kutubiya, después de haber logrado traspasar la barrera de tráfico infernal que la rodea, de pronto, como si el tiempo tuviera agujeros, enormes discontinuidades, pasa sin saber cómo lo ha hecho al Oriente fascinante de las Mil y una Noches.
Y es que ha entrado en la Plaza de Jemma el Fna, la llamada plaza de los muertos, un amplio espacio en donde se clavaban las cabezas cortadas de aquellos que se rebelaban contra el poder.
Entonces era un gran descampado entre los zocos y la gran mezquita aljama en donde paraban las caravanas que habían atravesado el desierto, ofreciendo sus productos desconocidos que se producían más allá de las dunas y el calor infernal. Se vendía ganado y se hacían grandes negocios y, entretanto, animados por la multitud que allí concurría, acudían todos aquellos que podían hacer dinero con sus habilidades, fascinando con sus historias, mostrando a los animales que vinieron con los camellos.
Una enorme algarabía que bien se podía producir en otras ciudades coetáneas de Al Andalus, y de lo que aún nos han quedado algunos espacios como el Zocodover toledano, la Plaza de Bib Rambla de Granada o el Arenal sevillano
Y esta es precisamente su maravilla. Mantener el espacio pero también su vida propia, como si nada hibiera ocurrido en los últimos 900 años. La historia parada en su espacio de una forma tan profunda que, gracias a la iniciativa del escritor español Juan Goytisolo, ha merecido se declarado Patrimonio Universas intangible por parte de la UNESCO.



El viajero ha de saber eso. Conocer que es un lugar de vida en donde ha de mezclarse para poder comprender algo. Las fotografías, además de pagarlas, de poco valdrán, sólo un leve recuerdo de aquella explosión de realidad que supera a los sentidos.
Pues muy pronto todos los sentidos quedarán saturados y sentirá el olor profundo de las especias que adoban las comidas que se ofrecen en las decenas de puestos, desde los intensos caracoles que se tomarán como una sopa a los pinchos morunos, las salchichas de hígado, el jugo de las naranjas o todo el dulzor del mundo de los puestos de dátiles, pasas e higos rondados por enjambres de avispas ante el vendedor impávido.

Degustará su olor mientras escuchará sin pausa los tambores y los crótalos de los gnaua, descendientes de los antiguos esclavos sudaneses que tocan ritmos endiablados, aquellos que no hace mucho tiempo aún servían para sanar a los enfermos.


Y monos amaestrados se posarán encima suyo para provocar la foto y unos dinares
O se acercará a grupos que rodean a los contadores de cuentos antiguos que intentará comprender en las caras alucinadas de los marroquíes que los escuchan.
Podrá tatuar sus manos con hena, como si fuera una doncella presta a casarse, o se jugará el dinero entre los trileros que se colocan sobre el suelo sus tres cartas manoseadas.
O quizás prefiera vender su alma de otras maneras, acercándose a los sacamuelas que trabajan en vivo, o pidiendo un vaso de agua a los aguadores vestidos de carnaval que deambulan entre el gentío tocando su campanilla.

Podrá consultar su futuro a pitonisas o acercarse a santones que le aconsejaran bajo la débil protección de una sombrilla.
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Será eso y muchas cosas más acumuladas sin orden sobre una mente incapaz de comprenderlo todo, pues pasará junto a acróbatas, se dejará llevar por el ritmo del laúd, se rendirá al fin ante el embrujo de las cobras alzadas sobre sí mismas al ritmo de una flauta muy aguda, y tendrá que luchar para que no le coloquen pequeñas culebrillas encima.




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