jueves, 8 de diciembre de 2011

TEXTOS PARA COMPRENDER EL ARTE BIZANTINO. LOS ICONOS

El iconógrafo (el pintor de iconos). Éste, que la mayoría de las veces es un monje, se prepara para pintar con un tiempo de ayuno y oración: ayuno corporal, pero también ayuno de pensamiento, de los ojos, y silencio. Recibe la bendición de un sacerdote e implora al Espíritu Santo que le inspire el tema de su obra, que guíe su mano, que «firme y bendiga este icono para que todos cuantos se acerquen a él con veneración obtengan salud, santificación y bendición

Tú, oh Dueño Divino de cuanto existe
Ilumina y dirige el alma, el corazón y el espíritu de tu servidor.
Lleva sus manos para que pueda representar digna y perfectamente
Tu imagen, la de tu santa Madre y la de todos los santos.
Para gloria, alegría y embellecimiento de tu Santa Iglesia
Oración del iconógrafo antes de pintar

Cuando no tengo libros o mis pensamientos me impiden disfrutar de la lectura voy a la iglesia que es el asilo abierto a todas las enfermedades del alma. Allí la lozanía de las pinturas atrae mis miradas y cautiva mi vista como una plegaria e insensiblemente eleva mi alma a la alabanza de Dios 
Juan Damasceno (ferviente iconódulo. Concilio de Nicea, 787

El icono en su origen fue un simple recuerdo, la imagen de una persona que por su testimonio de vida cristiana era merecedora de recuerdo. Este retrato se colocaba, por lo general, sobre un sepulcro, con el fin de perpetuar su memoria, al igual que ocurría en el mundo funerario greco-egipcio, y de manera que el peregrino pudiera contemplar la figura ejemplar del que había triunfado testimoniando su fe.
Pronto circularon retratos de la Virgen y de Cristo, considerados por la tradición como auténticos y atribuidos a san Lucas. Ya en el S. VI, los iconos pasaron a convertirse en objetos de culto, como lo eran las reliquias a las que aparecían asociados, transformándose en algo operativo. Adquirieron un valor místico. Así se hicieron presentes en todas las partes del Imperio y en todos los ámbitos sociales, en iglesias, casas particulares o lugares públicos,. Incluso podían llevarse colgados al cuello, cuando eran muy pequeños y metálicos. Se rezaba ante ellos y se les utilizaba como objetos profilácticos. por eso el emperador Heraclio puso imágenes de la Virgen en los mástiles de sus barcos. Este culto idolátrico llegaría al paroxismo en el ambiente catastrófico del S.VII, en el momento en el que el enemigo -eslavos, árabes-, pone cerco a la propia Constantinopla y reduce el Imperio a la mitad. Nace entonces la inagotable leyenda de los iconos que hablan, lloran, hacen milagros, atraviesan el mar, vuelan por los aires, aparecen en sueños y se hacen descubrir en lugares de Teofanía. Todavía en 1453, un venerado icono de la Virgen era expuesto en los puntos más vulnerables de la ciudad al objeto de evitar su toma por los turcos.
Ros Ernest, Reflexión sobre el icono sacro bizantino, Barcelona 1984


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